Introducción
La migración internacional en países como México ha estado marcada históricamente por el tránsito de personas en movilidad que buscan alcanzar el llamado “sueño americano” en los Estados Unidos. Sin embargo, en la última década, el país ha dejado de ser únicamente una zona de paso para convertirse también en un destino y lugar de estancia forzada. Esta transformación ha reconfigurado sustancialmente las dinámicas espaciales, sociales y políticas del territorio nacional, generando nuevas geografías de contención y movilidad.
En este proceso, emerge una paradoja central: la inmovilidad dentro de la movilidad. Las personas en tránsito experimentan detenciones burocráticas, estructurales o voluntarias que las obligan a esperar, transformando su experiencia migratoria en una secuencia de pausas inciertas. Esta espera, lejos de ser una mera interrupción del desplazamiento físico, afecta la subjetividad, el tiempo vivido y las estrategias cotidianas. Como plantea Appadurai (2013), la espera exacerba la imaginación de la sobrevivencia: esa capacidad humana de proyectarse hacia un futuro incierto. En estos territorios transitorios, las personas en movilidad construyen vínculos, reorganizan sus trayectorias y resignifican el espacio desde la vulnerabilidad y la agencia.
Particularmente, las llamadas ciudades emergentes, localidades que no formaban parte del circuito migratorio tradicional, han comenzado a figurar como nodos estratégicos en la cartografía migratoria. Ciudades como Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, se han transformado en territorios de espera migrante tras el endurecimiento de las políticas migratorias, las caravanas de 2018 y los efectos sociales derivados de la pandemia por COVID-19. En estos contextos urbanos no fronterizos, la espera no es un acto pasivo, sino una práctica social densa, que implica adaptación, conflicto, redes de apoyo y nuevas formas de habitar.
Desde esta perspectiva, el presente artículo tiene como objetivo ampliar el concepto de territorio de espera, formulado originalmente por Alain Musset (2015), a partir del análisis de las experiencias de personas en movilidad en ciudades emergentes del sur de México. Con base en un enfoque cualitativo y etnográfico, se propone comprender estos territorios no solo como espacios de contención burocrática, sino como escenarios donde se producen subjetividades, resistencias y formas de territorialidad en movimiento.
Así, la espera se presenta como un fenómeno estructurante que redefine tanto las trayectorias migratorias como los entornos urbanos que las alojan. A través de la noción de territorio de espera migrante, este artículo propone una lectura crítica y situada de la inmovilidad forzada y sus implicaciones espaciales, políticas y simbólicas en contextos no fronterizos, con énfasis en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez.
Metodología
Diseño de investigación
Esta investigación adopta un enfoque cualitativo con orientación etnográfica, centrado en comprender las experiencias vividas por personas en movilidad en territorios de espera que emergen en ciudades no fronterizas del sur de México. Se trata de un estudio de caso desarrollado en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, reconocida recientemente como nodo emergente dentro del nuevo mapa migratorio regional.
La aproximación etnográfica permitió registrar la cotidianidad de la espera desde una lógica situada, considerando no solo los discursos expresados por las personas migrantes, sino también las prácticas, silencios y apropiaciones espaciales observadas en su tránsito detenido. El trabajo de campo se realizó durante los años 2024 y 2025, en distintos momentos de intensidad migratoria, en zonas clave de la ciudad.
Participantes y muestreo
Se realizaron cuatro entrevistas semiestructuradas con personas en movilidad de Venezuela seleccionadas mediante muestreo intencional y por criterios de relevancia teórica. La muestra incluyó a hombres y mujeres de distintas edades, con trayectorias migratorias variadas, localizados en campamentos improvisados, plazas públicas.
Las entrevistas se llevaron a cabo de forma presencial, en escenarios de tránsito urbano, y tuvieron una duración promedio de 20 a 40 minutos.
Técnicas e instrumentos de recolección de datos
Se utilizaron tres técnicas principales:
- Entrevistas semiestructuradas, con énfasis en el significado de la espera, las condiciones del tránsito detenido, las redes de apoyo y la percepción del espacio urbano.
- Observación etnográfica, realizada en campamentos informales, calles, plazas, terminales de autobuses y albergues temporales. Se documentaron interacciones, dinámicas de asentamiento y formas de adaptación colectiva a la inmovilidad.
- Revisión documental, incluyendo informes institucionales, comunicados de prensa y material de redes sociales que permitieron contrastar los relatos y construir un panorama contextual más amplio.
Estas técnicas se complementaron entre sí para captar no solo el discurso explícito, sino también las formas sensibles, simbólicas y espaciales de habitar la espera.
Estrategia de análisis de datos
Los datos se analizaron mediante un enfoque de análisis temático categorial, siguiendo la metodología propuesta por Braun y Clarke (2006). A partir de una codificación inicial abierta, se definieron tres grandes dimensiones analíticas: (1) estrategias de subsistencia durante la espera, (2) redes de solidaridad migrante y (3) territorialización precaria del tránsito.
Por ejemplo, dentro de la categoría estrategias de subsistencia, emergieron prácticas como la venta informal, el intercambio de alimentos y el uso compartido de espacios públicos para dormir o asearse. La triangulación de técnicas, junto con el uso de memos de campo y reflexión analítica, fortaleció la validez interpretativa del estudio, permitiendo una lectura situada y crítica del fenómeno.
Ciudades emergentes: nuevos escenarios de la espera migrante
El concepto de territorios de espera cobra una dimensión clave al analizarse en el contexto de las llamadas ciudades emergentes, entendidas como aquellas localidades del interior del país que, a partir de 2020, comenzaron a experimentar transformaciones estructurales significativas debido al incremento sostenido de flujos migratorios. Estas ciudades, tradicionalmente ajenas al tránsito internacional de personas en movilidad, se han convertido en nodos estratégicos de espera temporal, reorganización del trayecto y contención burocrática, generando nuevas dinámicas sociales, económicas y territoriales.
Históricamente, el fenómeno migratorio en México se concentró en dos grandes zonas: la frontera sur, particularmente Tapachula, y la frontera norte con ciudades como Tijuana, Ciudad Juárez y Reynosa—, articuladas por la conocida “ruta migratoria tradicional” (Massey et al., 2005). Esta ruta, utilizada principalmente por personas centroamericanas en situación irregular, conectaba directamente con los Estados Unidos a través de corredores consolidados de tránsito. Sin embargo, diversos factores estructurales han alterado esta lógica: el endurecimiento de las políticas migratorias estadounidenses, la emergencia de las caravanas a partir de 2018 y, de forma determinante, la pandemia por COVID-19.
El cierre de fronteras y las restricciones sanitarias impuestas durante la crisis global forzaron un redireccionamiento de las rutas migratorias. Las personas en tránsito comenzaron a detenerse en ciudades que previamente no figuraban en el mapa migratorio. Esta redistribución territorial dio lugar a nuevas centralidades migrantes, es decir, ciudades del interior que comenzaron a desempeñar funciones de espera, contención, refugio o reagrupamiento. En estos lugares, calles, parques, banquetas, edificios públicos y hoteles de bajo costo fueron convertidos en territorios improvisados de estancia. La mayoría de estos espacios emergieron sin planificación ni infraestructura adecuada, lo que derivó en condiciones precarias de habitabilidad (Escobedo et al., 2025).
En estos escenarios, los territorios de espera no constituyen únicamente espacios de detención involuntaria, sino territorios vivos donde las personas migrantes desarrollan actividades cotidianas como el trabajo informal, el acceso intermitente a servicios de salud o educación y la interacción con instituciones locales. Al inicio, muchas de estas ciudades respondieron con gestos de solidaridad y redes de ayuda humanitaria, especialmente desde la sociedad civil. Sin embargo, el desbordamiento de capacidades institucionales y la saturación de servicios públicos han generado tensiones sociales, respuestas punitivas e incluso discursos de criminalización hacia las personas migrantes (Silvey & Lawson, 2021).
Los gobiernos municipales, sin experiencia previa en gestión migratoria, han improvisado mecanismos de atención. Una estrategia común ha sido la instalación de oficinas de atención para personas en movilidad, cuyo objetivo es agilizar trámites y disminuir el flujo visible. Sin embargo, estas medidas han generado una nueva forma de espera: la espera burocrática. Los trámites documentales pueden extenderse por semanas o incluso meses, transformando estos espacios en lugares de fijación temporal forzada (Escobedo, 2025).
A diferencia de las ciudades históricamente articuladas al fenómeno migratorio, las ciudades emergentes presentan contextos más frágiles: carecen de infraestructura institucional, recursos humanos capacitados y marcos normativos específicos para atender a esta población. No obstante, su consolidación como nodos migratorios ha sido reforzada por las propias redes migrantes. A través del “boca a boca”, mensajes en redes sociales o aplicaciones de mensajería, estas ciudades se vuelven puntos de referencia donde “se puede esperar unos días”, “hay oficinas del INM” o “se puede reencontrar a conocidos”.
Analizar estas ciudades exige superar los marcos territoriales clásicos. Se vuelve indispensable incorporar variables como los conflictos locales, las tensiones raciales o xenofóbicas, la capacidad institucional de respuesta, así como los modos en que los propios migrantes reproducen, ocupan y resignifican el espacio urbano. Los territorios de espera no son únicamente resultado del control estatal o de la omisión, sino también de la agencia migrante, de su capacidad de construir formas de habitar lo inestable y lo contingente en medio de un capitalismo periférico que margina e invisibiliza.
Las ciudades emergentes son hoy escenarios nodales para entender las nuevas geografías de la movilidad humana en México. Son puntos inesperados dentro de la cartografía del tránsito, donde se condensan múltiples formas de espera: institucional, legal, económica, emocional. En ellas, los territorios de espera migrante no solo representan el desplazamiento forzado de cuerpos, sino también profundas transformaciones sociales que reconfiguran tanto a las comunidades migrantes como a las sociedades receptoras. Ya no pueden pensarse fuera del fenómeno migratorio: en sus calles, escuelas, hospitales y mercados, resuena la espera como forma de vida, tensión estructural y posibilidad futura.
Uno: territorio
“Y, quizá, la única manera de empezar a entender estos años tan oscuros para los migrantes que cruzan Centroamérica, México y Estados Unidos sea registrar la mayor cantidad de historias individuales posibles. Escucharlas, una y otra vez. Escribirlas, una y otra vez…” — Valeria Luiselli, Los niños perdidos
Las palabras de Luiselli abren una dimensión ética y política que atraviesa esta discusión: comprender el territorio de espera no solo como una categoría espacial, sino como un dispositivo narrativo que exige memoria, escucha y crítica. En este primer apartado, se propone una reflexión teórico-conceptual sobre el territorio, entendiendo que nombrarlo como tal implica reconocerlo como una construcción activa, conflictiva y socialmente situada.
En el contexto de esta investigación, una pregunta clave interpela desde el inicio: ¿es legítimo y necesario designar como “territorio” los espacios que habitan las personas en movilidad durante su tránsito? Para responder, es preciso recurrir a una genealogía del concepto que ha transitado desde la geografía física clásica hasta convertirse en una herramienta analítica de las ciencias sociales críticas.
Autores como Bosque Maurel y Ortega Alba (1995) recuerdan que no existe una sola geografía, sino una constelación de saberes geográficos que configuran el territorio como algo más que una delimitación natural. En la tradición moderna, desde Ratzel (1897) hasta Sack (1986), el territorio ha sido entendido como espacio apropiado por un grupo social para asegurar su reproducción material y simbólica. Esta apropiación, que implica control, identidad y uso, permite diferenciar entre un simple espacio de paso y un territorio dotado de sentido.
El concepto de territorio ha desempeñado un papel fundamental en la configuración de la disciplina geográfica. Sin embargo, fue en el siglo XIX cuando este concepto experimentó una transformación significativa. Su surgimiento coincidió con el advenimiento de la modernidad, lo que provocó que este enfoque disciplinario sobre el territorio trascendiera hacia otras áreas de estudio, extendiendo así su influencia a diversas disciplinas académicas.
Todo territorio de un Estado es igualmente, en tanto que porción del suelo terrestre, un territorio natural. Sus propiedades naturales se asocian a las de la nación y las del Estado para formar la suma de las características generales del Estado [...] Cada pueblo aplica a su territorio la totalidad de sus fuerzas y sus recursos con el fin de obtener el máximo beneficio posible para su desarrollo cultural y político [...]. El conjunto étnico tiende a transformarse en una entidad natural. (Ratzel, 1897: 158-159)
Sack, por ejemplo, define el territorio como “todo espacio cuyo acceso está controlado”. Esto es especialmente útil para comprender los territorios de espera como espacios donde las personas en movilidad gestionan su presencia dentro de límites geográficos y simbólicos marcados por el control institucional, pero también por sus propias prácticas de subsistencia y convivencia.
Desde esta mirada, los territorios de espera migrante no pueden reducirse a “espacios de paso”, sino que deben ser comprendidos como espacios vividos, aunque precarios, donde se configuran relaciones sociales, afectivas y políticas. Musset (2015) enfatiza que estos territorios son “construidos desde abajo”, a partir de las prácticas de los propios migrantes que los habitan temporalmente. En ellos se produce una territorialidad efímera, pero no por ello menos potente: redes de cuidado, intercambio, descanso, juego, fe, agencia. Se trata de territorios habitados desde la contingencia.
“Llevamos un mes viajando, vengo con mi esposo y mis hijos, queremos que nos vendan un boleto para seguir avanzando, pero nos dicen que no lo pueden vender y pues aquí nos hemos quedado. Nos tocó pasar la noche en la calle y ahorita hay mucho sol y aquí seguimos esperando todavía” Hernández, M. (Comunicación personal, 16 de julio 2024).
Al ejercer control sobre el acceso espacial y material de diversos flujos, ya sean de mercancías, individuos o capitales, se consolida la formación de un espacio territorial. Esta noción responde al cuestionamiento previamente planteado respecto a la distinción entre espacios de espera (De Souza Miranda et al., 2025).
y territorios de espera. Aunque inicialmente pueden percibirse similitudes entre ambos conceptos, su diferenciación se tornará más evidente a medida que se profundice en el análisis posterior del texto.
“Es duro, sobre todo para los niños porque no tenemos ayuda de nadie, los niños pasan hambre, a veces las personas nos humillan, nos insultan, pero también hay otras personas de buen corazón, lo único que pedimos ahora es un apoyo para llegar a Ciudad de México”. Cruz, K. (Comunicación personal, 30 de enero 2025)
Esta vivencia revela que, incluso en los márgenes urbanos —estacionamientos, plazas, debajo de puentes o en hoteles económicos—, los niños y adolescentes en movilidad ejercen una forma de apropiación del espacio, generando sentido y estructuras relacionales mínimas. Como plantea Haesbaert (2013), el territorio es también una forma relacional, no solo física, donde se cruzan las condiciones materiales y simbólicas de los sujetos que lo habitan.
La idea de heterotopía, introducida por Foucault (1984), también resulta clave en esta discusión. Estos “espacios otros” operan como realidades paralelas dentro de una ciudad: espacios que, aunque localizables, no pertenecen del todo al orden hegemónico. En este sentido, los territorios de espera funcionan como heterotopías urbanas: lugares marginales, visibles e invisibles al mismo tiempo, donde se experimenta la vida en tránsito como ruptura del orden normativo. No son “no lugares” en el sentido de Augé (1992)[1], sino “lugares tensos” donde la vida continúa, aunque fragmentada.
Este testimonio evidencia la suspensión temporal que define al territorio de espera. La espera no es solo una pausa, sino una forma de habitar el tiempo y el espacio marcada por la incertidumbre. Como señala Santos (2000), el territorio es la base de la vida, del trabajo, de los intercambios. Y en este caso, también de la espera como experiencia cotidiana.
En suma, el territorio de espera migrante debe ser entendido como una producción social que transforma lo urbano. No es únicamente un lugar físico delimitado por fronteras, sino una forma de organización temporal de la vida migrante en condiciones adversas. A diferencia del “espacio de espera” como noción transitoria, el territorio de espera se consolida en tanto genera vínculos, significados y estructuras simbólicas que otorgan sentido a la experiencia de estar detenido.
En términos más precisos, el territorio, más allá de sus connotaciones físicas, abstractas o simbólicas, puede definirse como una porción del espacio geográfico que adquiere significado social cuando en él se establecen relaciones diferenciadas de tipo político, cultural, económico o afectivo, que lo distinguen de los espacios circundantes. Estas relaciones producen fronteras tanto físicas como simbólicas, generando una apropiación diferencial del espacio. Como advierte Taylor (1993), "no todos los territorios son Estados soberanos", lo que sugiere que los territorios no deben entenderse exclusivamente bajo marcos geopolíticos institucionales, sino también como construcciones sociales dinámicas que emergen a partir de prácticas situadas.
Los espacios se transforman en territorios cuando son habitados, vividos y resignificados. Esta transformación da lugar a una territorialidad, entendida como la estructura latente de la vida cotidiana, conformada por las relaciones interpersonales y sociales que se reproducen en ese entorno (Bresso y Raffestin, 1982). En el caso del tránsito migratorio, el territorio migrante se configura como una red de lugares funcionales: calles, estaciones, albergues, plazas donde las prácticas individuales y colectivas dan sentido a lo vivido. No obstante, el territorio trasciende la función: expresa también sistemas de representación, disputas simbólicas e infraestructuras de poder. Desde esta óptica, el territorio constituye una dimensión del espacio que cobra relevancia cuando se analiza desde las relaciones de poder, siendo así un concepto nodal en la geografía social crítica.
De este modo, los territorios de espera se construyen a partir de una tensión constante entre quienes los habitan y quienes los niegan o regulan. Sus dinámicas no se definen únicamente por su localización espacial, sino por el modo en que el tiempo, la espera prolongada, incierta, obligada, se inscribe en la cotidianidad de quienes transitan. La espera no es neutra: organiza la vida, reconfigura expectativas y redefine trayectorias. En consecuencia, se propone comprender el territorio de espera migrante en ciudades emergentes como una producción relacional y temporal, donde la estructura invisible de lo cotidiano, sus ritmos, vínculos y disputas, moldea la experiencia migratoria. Es en esta trama donde emerge una territorialidad migrante marcada por la contención, pero también por la agencia y la creatividad social.
Dos: Tránsito y Estancia
La célebre obra La epopeya de Gilgamesh comienza con el verso: “Quien ha visto el fondo de las cosas y de la tierra, / y todo lo ha vivido para enseñarlo a otros, / propagará su experiencia para el bien de cada uno.” Este poema ancestral, considerado uno de los primeros relatos literarios de la humanidad, narra el viaje de un hombre que, en su búsqueda de inmortalidad, termina confrontando su propia vulnerabilidad, sus límites y su relación con la muerte. Gilgamesh encarna una experiencia universal: la de quien se ve obligado a dejar atrás lo conocido para enfrentarse al desconocimiento y al tránsito. Esta figura, milenaria y mítica, resuena con fuerza en las trayectorias de las personas en movilidad contemporáneas, quienes, como él, abandonan su tierra no solo en busca de un destino, sino como parte de un viaje en el que también se disputa su identidad, su arraigo y su posibilidad de futuro.
En el marco de esta investigación, la dicotomía entre tránsito y estancia se revela como una tensión permanente. Desde una perspectiva física, las y los migrantes se encuentran alojados temporalmente en territorios de espera. Sin embargo, en términos simbólicos y emocionales, su situación es profundamente ambivalente: viven en el tránsito, piensan en el movimiento, planifican el siguiente paso. Como advierte la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL 2020), la migración en tránsito implica una condición de movilidad constante, donde los sujetos se sitúan en una temporalidad intermedia entre la salida y la llegada. La espera, entonces, no niega el movimiento: lo suspende.
“Migración, había venido diciendo que nos iban a desalojar, pero realmente aquí hay familias que no tienen para pagar un arriendo, queremos que entiendan que las personas que estamos aquí no somos personas malas, no queremos dañar al país, nosotros queremos reunirnos con nuestras familias en Estados Unidos” — Ramos, H. (Comunicación personal, 30 de enero 2025).
Este testimonio revela cómo, incluso en espacios que son ocupados de manera provisional, se desarrollan prácticas de arraigo temporal: los territorios de espera se convierten en espacios vividos donde se construyen redes, se accede a recursos, se sobrevive. Musset y Vidal (2016) proponen pensar estos territorios como lugares donde la espera misma da origen a nuevas territorialidades. Ya sean institucionales, como albergues y centros de atención, o informales, como plazas, hoteles económicos o banquetas, estos espacios funcionan como zonas de contención que estructuran no solo la movilidad, sino también la cotidianidad.
La noción de estancia, en este sentido, no puede entenderse como mera permanencia. Deriva del latín stare (estar de pie, permanecer), y se refiere a una forma de ocupar el espacio que está mediada por estructuras de poder, acceso a recursos y capacidad de agencia. Spíndola Zago (2016) señala que los territorios no son dados, sino gestionados, construidos y habitados en tensión. En los territorios de espera, la estancia se convierte en el espacio donde los migrantes negocian su existencia: descansan, planifican, se cuidan, resisten.
Sin embargo, el tránsito sigue operando como horizonte. Como señala Carling (2002), el tránsito migratorio es un proceso de desplazamiento que no se limita a lo geográfico: también implica una construcción de sentido, una expectativa, una promesa. Para las personas en movilidad, esta promesa está mediada por múltiples factores, siendo el económico uno de los más determinantes. La obtención de dinero para el transporte, para el coyote, para el pasaje siguiente, condiciona profundamente la duración de la estancia.
“Tenemos un caso, agarraron a una de las muchachas que está viviendo bajo el puente, se la llevó la policía y la tienen secuestrada, necesitamos que se escuche nuestra versión, es una madre con tres hijos”. Ramos, H. (Comunicación personal, 28 de marzo 2025)
La espera, por tanto, no es solo una suspensión del movimiento. Es un estado de reorganización vital, donde el presente desafiante convive con un futuro anhelado y un pasado idealizado o reprimido (Musset, 2015). Los territorios de espera son, en este sentido, escenarios de tránsito donde el habitar se convierte en acto pedagógico y político. Como plantea Gennari (Kaiser, 2001), “habitar el viaje implica pensar el lugar no como un simple paso, sino como mundo-de-vida”. Esta vivencia transformadora configura una territorialidad temporal, pero no por ello superficial. Además, es importante subrayar que estas experiencias de tránsito y estancia no son homogéneas. Desde un enfoque de género, se advierte que las vivencias de niñas y mujeres migrantes difieren significativamente de las de los varones. La llamada “feminización de la migración” ha evidenciado que cada vez más mujeres migran solas o con sus hijos, lo cual genera necesidades específicas y expone a riesgos diferenciados. Según datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM 2024), las mujeres representan 48% de la población migrante internacional, lo que exige respuestas sensibles a las desigualdades de género en el tránsito y la estancia.
Vivir en el viaje y durante el viaje, "habitarlo por lo que es y no por lo que conlleva (...) implica pensar el lugar como mundo-de-vida y no como lugar de tránsito" (Gennari, en Kaiser, 2001, p. 57). Es a través del descubrimiento que uno se educa, y se educa en la corporeidad relacionada con el territorio por donde discurre el viaje (citado en Planella, 2006, p. 272).
En suma, la dualidad entre tránsito y estancia no debe pensarse como opuesta, sino como complementaria. En los territorios de espera, el tránsito se detiene, pero no desaparece: se proyecta, se planifica, se sueña. La estancia, por su parte, no implica enraizamiento definitivo, sino una forma de habitabilidad mínima, precaria y, sin embargo, significativa. Ambos procesos coexisten, y su análisis permite comprender la experiencia migratoria como un continuum en el que se entrelazan el movimiento y la espera, la ruta y la pausa, el deseo y la sobrevivencia.
Tres: La espera
La noción de espera trasciende su significado convencional para convertirse en una categoría analítica central en el estudio de las migraciones contemporáneas. Este artículo propone desplazar el eje del análisis desde el movimiento hacia la inmovilidad, entendida no como ausencia de acción, sino como un estado complejo en el que convergen dimensiones temporales, espaciales, afectivas y políticas. La espera, en tanto práctica social situada, revela una interacción intensa entre los sujetos en movilidad y su entorno. Más que una pausa pasiva, constituye un escenario de producción de sentido y de reconfiguración del habitar.
La espera implica anticipación, deseo y proyección de futuro. Está estrechamente vinculada con la esperanza, en tanto justificación simbólica del presente. Esta dimensión es evocada en el poema de Luis Ángel Orellana Esquivel, migrante salvadoreño, escrito durante su estancia en un albergue:
“Entre lágrimas y abrazos es difícil olvidar
a mi viejecita que en mi casa tuve que dejar...
Hice una fogata, da algo de calor.
Extraño mi querido lugarcito, El Salvador...
me reconforta el anhelo de volver a verte,
sin embargo, tengo que huir de la muerte” (Orellana Esquivel, 2023)
Este testimonio poético encarna la vivencia emocional y política de la espera: un tiempo suspendido que no se traduce en inacción, sino en imaginación, en resistencia y en construcción cotidiana de vínculos precarios. Desde la fenomenología, Heidegger plantea que el Dasein, el ser-en-el-mundo, está siempre proyectado hacia el afuera, hacia lo que viene. La espera, desde esta óptica, no es solo un estado, sino una forma de ser: el sujeto está siempre “fuera”, habitando anticipaciones e incertidumbres (Heidegger, 1927/2006).
Durante la espera, el tiempo adquiere una textura elástica: se dilata, se vuelve impreciso e inasible, mientras que el espacio se contrae y se encapsula. Einstein lo explicaba metafóricamente: “Cuando cortejas a una bella muchacha, una hora parece un segundo. Pero si te sientas sobre carbón al rojo vivo, un segundo parece una hora”. En esta experiencia, como señala Ana:
“Cuando mi hermana se vino a los Estados Unidos, ella solo duró una semana en México, la cita le salió en 3 días, y ella nos dijo que no tardaba mucho. Nosotros nos arriesgamos a venir sin saber nada y ya hemos pasado 5 meses aquí y la cita nada que sale. Aquí nos quedamos.”
Martínez, A. (Comunicación personal, 30 de enero 2025)
La espera afecta cuerpo, mente y vínculos. En los territorios de espera migrante emergen nuevas formas de sociabilidad, jerarquía, comunidad e informalidad. Lo que se plantea es que estos espacios no son solo puntos de detención, sino escenarios sociales donde se configuran redes de afecto, estrategias de sobrevivencia y disputas por el reconocimiento.
La espera impone una nueva gestión del tiempo; se construye temporalmente una sociedad efímera, basada en el intercambio de sentimientos relacionados con el aburrimiento, el interés, el cansancio, la ira o el conflicto, según modalidades muy peculiares, ya que está organizada desde los automóviles, es decir, lugares privados inmovilizados en un espacio público (Musset, 2015).
En contraste con los “no lugares” de Augé (1992)[2], los territorios de espera son espacios habitados, cargados de simbolismo y agencia. En ellos, la vida no se detiene, sino que se reconfigura. Como lo evidencian las entrevistas y la observación de campo, la espera se vuelve una forma de territorialidad en tránsito, donde los cuerpos, las emociones y las estrategias cotidianas ocupan el espacio más allá de su función formal.
Desde una perspectiva interseccional, la espera también genera desigualdades específicas. La llamada “feminización de la migración” visibiliza las experiencias diferenciadas de mujeres, niñas y adolescentes, quienes enfrentan formas particulares de violencia, exclusión y riesgo durante su estancia. Lejos de ser sujetos pasivos, muchas de ellas articulan redes de apoyo entre mujeres, reconfigurando la espera como un espacio de contención afectiva y resistencia.
La pregunta que subyace en este apartado es clave: ¿Podemos considerar como verdaderos territorios aquellos espacios frecuentados por sujetos que se saben o se quieren en tránsito? Para Musset (2015), esta paradoja es precisamente lo que dota de densidad analítica al concepto. La espera no niega el movimiento: lo transforma en forma de habitar. Finalmente, es necesario destacar que las personas en movilidad no solo atraviesan la espera, sino que la configuran activamente. Son actores y autores de los territorios que esta produce. Al construir, ocupar y resignificar el espacio urbano, transforman los márgenes en escenarios sociales con densidad histórica, afectiva y política. Los territorios de espera, entonces, no son meramente transitorios: son espacios de disputa por el derecho a existir, a permanecer y a continuar.
Tuxtla Gutiérrez como territorio de espera migrante: emergencia urbana y reconfiguración espacial
La territorialización del espacio es una acción inevitable para las personas en contextos de movilidad e inmovilidad. Los espacios que habitan las personas en tránsito no son dados, sino construidos a partir de necesidades humanas inmediatas: la necesidad de detenerse, de reorganizar el trayecto, de resistir a la incertidumbre. En la Frontera Sur de México, este proceso ha generado enclaves urbanos que, sin haber sido planificados para ello, han sido transformados en hogares temporales para personas en movilidad. Son espacios nacidos de la espera, de la pausa forzada, de la ausencia estructural de políticas públicas destinadas a garantizar el derecho a la movilidad humana digna.
Este fenómeno responde a una realidad cambiante y compleja: ante la falta de espacios institucionales otorgados, las personas en movilidad ocupan territorios diversos: banquetas, estaciones, albergues saturados, hoteles marginales, creando configuraciones efímeras que oscilan entre la visibilidad y el abandono. La proliferación de estos espacios no responde a una planificación urbana, sino a una lógica de subsistencia que pone en evidencia una nula o deficiente intervención del Estado en la gestión territorial de la movilidad.
En este contexto, Tuxtla Gutiérrez, capital del estado de Chiapas, ha emergido como una ciudad receptora de flujos migratorios diversos. A partir de 2021, se intensificó la visibilidad de personas migrantes provenientes no solo del Triángulo Norte de Centroamérica (Guatemala, Honduras, El Salvador), sino también de nacionalidades de África Central, el Caribe y Sudamérica. Esta diversificación de perfiles ha convertido a Tuxtla en una ciudad clave dentro del corredor central migratorio, donde la espera migratoria se territorializa en condiciones de alta precariedad.
El territorio ocupado por personas en movilidad dentro de esta ciudad evidencia carencias profundas en infraestructura de acogida. No existen espacios institucionales adecuados para garantizar descanso, atención médica, alimentación o información. La respuesta estatal ha sido parcial o inexistente, lo cual ha derivado en una situación de calle generalizada, especialmente entre familias, mujeres con niñas y niños, y personas solicitantes de protección internacional. Esta condición no solo representa un problema social, sino que constituye una emergencia de salud pública.
Diversas organizaciones de la sociedad civil, como el Colectivo de Observación y Monitoreo de Derechos Humanos en el Sureste Mexicano (COMDHSM), han documentado esta situación crítica en municipios que integran el corredor migratorio de Chiapas, incluyendo Frontera Comalapa, Comitán, San Cristóbal de Las Casas, Chiapa de Corzo y Tuxtla Gutiérrez. Sus informes dan cuenta de múltiples violaciones a los derechos humanos: uso excesivo de la fuerza, detenciones arbitrarias, represión, violencia institucional y criminalización de las personas en movilidad y sus redes de apoyo.
A nivel regional, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) ha definido los corredores migratorios como procesos acumulativos de movimientos poblacionales a lo largo del tiempo. En su Informe sobre las migraciones en el mundo 2024, destaca que el corredor México–Estados Unidos continúa siendo el más transitado del planeta, con más de 11 millones de personas en movilidad. Sin embargo, este dato global invisibiliza los puntos intermedios donde la espera se convierte en una práctica estructural. Ciudades como Tuxtla Gutiérrez, al margen de las fronteras formales, se transforman en territorios de espera migrante en ciudad emergente no institucionalizada, donde la movilidad se detiene y la vida se reinventa en condiciones de alta vulnerabilidad.
La investigación es relevante, ya que visibiliza las rutas migratorias, sentires y la vida dentro de su permanencia en la Frontera Sur, así como la percepción de la ciudad de Tuxtla Gutiérrez como una ciudad que no les permite salir de sí misma, que enfrenta desafíos similares e incluso más complejos que la selva del Darién.
Hanny, un hombre de nacionalidad venezolana que viaja solo con sus dos hijos, dice sentirse confundido bajo el contexto que están viviendo, ya que su destino es seguir avanzando para establecerse en una ciudad donde puedan trabajar y con el tiempo llegar a los Estados Unidos, teniendo presente que el mal llamado “Sueño Americano” ya se esfumó, ya no existe.
En ese sentido, el territorio de espera en la Frontera Sur es mayor a los establecidos, son esperas prolongadas que la población en movilidad desconoce en el tránsito, pero lo determina en el territorio mexicano. Llegar a las personas en estos contextos se determinaba entre la complejidad y la simplicidad del acercamiento, desde la necesidad de escucha, de expresar el sentir. La narrativa se demostraba en espacios públicos con mayor vialidad en la ciudad capital, esto los hacía sentir en un espacio “seguro”, debajo de un puente con espacios infantiles o en parques en el centro de la ciudad, afuera del Instituto Nacional de Migración, desarrollando su día a día, en esa vida pausada, pero sucediendo.
“Nosotros lo único que teníamos claro, o medio claro, era el pase de la selva. Que era difícil, en verdad es difícil pasar la selva, pero no es imposible, nosotros estamos aquí. Pero se nos ha hecho más difícil, no el pase de la selva, sino el trayecto después de la selva por acá. Más que nada aquí en México. Porque de Tapachula nos trajeron hasta aquí, hasta Tuxtla. El problema más fuerte es aquí en México, que nos ponen mucha traba, de aquí uno avanza y lo regresan, porque a mí me regresó la migración, me tiraron otra vez en Tapachula. O sea, el problema más fuerte es aquí en México, y eso nadie te lo dice. Porque nosotros pasamos por otros países pero nada se compara con México”. Cruz, K. (Comunicación personal, 30 de enero 2025).
La comunicación personal de Cruz, K. permite reforzar la idea de que la espera es una experiencia profundamente relacional y afectiva. En su relato, el lugar de estancia, aunque sea transitorio, se configura como un espacio donde se articulan el sentir, el pensar y el habitar. Así, la espera no se vive únicamente como inmovilidad forzada, sino como una forma de construcción territorial que, aun siendo precaria y temporal, produce sentido, arraigo momentáneo y formas de cuidado colectivo.
Territorios de espera en frontera y ciudades emergentes: contrastes geográficos y sociopolíticos del sur global
La noción de territorio de espera se ha desarrollado ampliamente en relación con espacios fronterizos tradicionales, como las ciudades limítrofes del norte y sur de México. No obstante, es necesario problematizar y ampliar este concepto para comprender cómo opera la espera en contextos urbanos no fronterizos como las denominadas ciudades emergentes, que recientemente han comenzado a formar parte del entramado migratorio regional. Esta diferenciación no es meramente geográfica; implica contrastes significativos en cuanto a institucionalidad, visibilidad social, estrategias de contención y configuraciones territoriales.
En las zonas fronterizas, como Tapachula (sur) o Tijuana (norte), los territorios de espera están marcados por una mayor institucionalización de la contención migratoria. Estos espacios cuentan con presencia activa del Instituto Nacional de Migración (INM), estaciones migratorias, albergues formalizados, oficinas de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR), agencias internacionales y organizaciones de la sociedad civil con experiencia en atención humanitaria (Casillas, 2020). Esta infraestructura ha sido moldeada históricamente por flujos migratorios sostenidos, lo que ha generado marcos normativos, protocolos de recepción y rutinas institucionales, aunque muchas veces insuficientes o violatorios de derechos.
En cambio, en las ciudades emergentes como Tuxtla Gutiérrez, la migración es una irrupción reciente que ha desbordado la capacidad estatal y comunitaria. Estas ciudades no estaban preparadas para recibir flujos numerosos y diversos, por lo que los territorios de espera se configuran de manera improvisada, fragmentada y vulnerable. Espacios como banquetas, plazas públicas, parques, márgenes viales y bajos de puentes se transforman en enclaves temporales donde la contención ocurre sin estructura formal, sin acompañamiento legal y con una visibilidad ambigua: los migrantes son a la vez hipervisibles como cuerpos ocupando el espacio público e invisibilizados institucionalmente como sujetos de derecho.
Martha, una mujer que viaja sola con sus hijos, comenta que:
“La situación está muy difícil al no poder rentar un cuarto, nos toca dormir en la calle y me preocupa los costos de alquiler de los baños públicos que son de $20 o $25 para uno bañarse, para los niños, comprar el alimento, el agua porque todo es comprado. Uno no venía con presupuesto para quedarse varados, la idea era seguir el camino, como veníamos haciendo ahorita. Pero bueno, toca esperar y con la esperanza que no sean muchos días de espera”. Hernández, M. (Comunicación personal 16 de julio 2024)
En la frontera norte, la espera suele estar vinculada a la expectativa de cruzar a Estados Unidos, lo cual conlleva dinámicas como la contratación de coyotes, la espera de citas CBP One, el contacto con redes familiares ya establecidas en EE. UU. y una mayor circulación de recursos económicos. La espera en esta zona, si bien incierta, está orientada hacia la inminencia del cruce. Por su parte, en las ciudades emergentes del sur, como Tuxtla Gutiérrez, la espera tiene un carácter más prolongado, menos articulado y con menor acceso a infraestructura humanitaria. En estos contextos, la espera está mediada por trámites migratorios burocráticos, detenciones arbitrarias y condiciones de precariedad más severas (COMDHSM, 2024).
Además, las ciudades emergentes del sur global enfrentan una doble marginalidad: por un lado, la debilidad institucional para gestionar los flujos; por otro, su posición periférica dentro del sistema económico nacional e internacional. Esto genera contextos donde las respuestas gubernamentales son tardías o punitivas, las redes de apoyo dependen casi exclusivamente de la sociedad civil y la migración es percibida como un fenómeno perturbador de la “normalidad” urbana. En Tuxtla Gutiérrez, por ejemplo, la presencia de miles de personas en movilidad ha revelado una profunda falta de políticas públicas de acogida, evidenciando las desigualdades estructurales del territorio y los límites del Estado en el sur de México.
En síntesis, mientras que los territorios de espera en las zonas fronterizas tienden a ser más institucionalizados, vigilados y conocidos dentro del mapa migratorio, en las ciudades emergentes se configuran como espacios inestables, invisibilizados y carentes de reconocimiento oficial. Esta diferencia no es menor: transforma radicalmente la experiencia de la espera, el acceso a derechos y las posibilidades de agencia para las personas en movilidad. Reconocer esta distinción es crucial para comprender la nueva geografía de la migración en México y para impulsar políticas sensibles al territorio, que reconozcan la espera como un fenómeno estructurante y no como un accidente de la movilidad.
Territorio de espera migrante: Conclusiones y reflexiones finales
Este estudio ha permitido demostrar que los territorios de espera migrante en ciudades emergentes no deben ser comprendidos únicamente como espacios transitorios o simples zonas de paso dentro de los flujos migratorios. Por el contrario, constituyen entornos complejos, densamente cargados de significado, en los que convergen dimensiones materiales, simbólicas, sociales y políticas que modelan profundamente la experiencia de quienes se encuentran en movilidad.
Lejos de representar una fase pasiva del trayecto, la espera se revela como una forma activa de habitar el tiempo y el espacio. Se trata de una práctica social y vital, atravesada por la incertidumbre, pero también por la agencia, la reorganización cotidiana, la producción de vínculos y la emergencia de territorialidades precarias. En este sentido, la espera deviene en una forma de resistencia y de construcción de sentido, incluso en contextos de inmovilidad forzada.
La investigación realizada en ciudades como Tuxtla Gutiérrez permite identificar un fenómeno clave: el desplazamiento de la centralidad de las fronteras hacia ciudades del interior del país, que hasta hace pocos años no figuraban como puntos relevantes en las rutas migratorias. Estas ciudades emergentes han adquirido un rol inesperado como nodos de reorganización del trayecto, contención burocrática y rearticulación territorial, evidenciando una reconfiguración de las geografías migratorias tradicionales.
En estos territorios urbanos no fronterizos, la espera adopta múltiples expresiones: legal, emocional, económica, institucional. Esta pluralidad de formas visibiliza la complejidad del fenómeno migratorio contemporáneo, que no puede entenderse sin atender a las estructuras de inmovilidad impuestas, pero también negociadas en el recorrido. Además, se observa que la emergencia migrante no solo transforma la experiencia de las personas en movilidad, sino también las dinámicas urbanas de las ciudades receptoras, generando presiones en los servicios públicos, tensiones sociales, respuestas de solidaridad ciudadana y reconfiguraciones territoriales.
En términos teóricos, este trabajo propone una ampliación del concepto de territorio de espera, más allá de su definición fronteriza, para reconocer su despliegue en espacios no institucionalizados del interior del país. Desde esta mirada, los territorios de espera son construcciones relacionales y contingentes, generadas por las prácticas sociales de los sujetos migrantes que los habitan y por los marcos de contención explícitos o implícitos que los rodean. La espera, como fenómeno multidimensional, se posiciona, así como una categoría analítica central para comprender la manera en la que las personas en movilidad resignifican el espacio, transforman las ciudades y reorganizan sus vidas.
Finalmente, este estudio abre diversas líneas para futuras investigaciones. Entre ellas, destacan: (1) profundizar en la relación entre las políticas migratorias y la configuración territorial de la espera; (2) analizar el papel de los gobiernos locales y de la sociedad civil frente a los desafíos de la movilidad forzada; y (3) comprender con mayor profundidad los efectos económicos, afectivos y políticos de la espera tanto en las personas migrantes como en las comunidades receptoras. Avanzar hacia una lectura crítica, ética y territorialmente situada de estos procesos es urgente para diseñar respuestas más humanas y sostenibles a los desafíos de la movilidad contemporánea en el sur global.
[1] Para Marc Augé (1992), los “no lugares” son espacios de tránsito característicos de la modernidad como aeropuertos, carreteras, centros comerciales o estaciones que no generan identidad, pertenencia ni relaciones duraderas. Son espacios funcionales, anónimos y despersonalizados, donde los sujetos permanecen de manera temporal sin construir vínculos simbólicos profundos. A diferencia del “lugar antropológico”, el no lugar se define por la ausencia de memoria colectiva, historia compartida y arraigo.
[2] En contraste, los territorios de espera migrante, aunque también se desarrollan en espacios de tránsito, no pueden ser comprendidos como no lugares. Por el contrario, son espacios intensamente vividos, cargados de afectividad, conflicto, memoria y producción de sentido, donde la espera produce formas de territorialidad precaria pero socialmente significativa.
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